Marca personal y trabajo independiente_ ¿hasta dónde llenar nuestra agenda -Parte 2-

Marca personal y trabajo independiente: ¿hasta dónde llenar nuestra agenda? -Parte 2- por @Prof_EstradaMSc

A modo de introducción 

Amigo lector:

Recibe mi saludo más cálido y cordial en tu visita a mi espacio de autor colaborador en Soymimarca. Gracias por estar aquí.

Como ya es habitual, mi primer mensaje de hoy es de solidaridad hacia quienes han sufrido o sufren de cualquier modo los efectos de la terrible pandemia que aún nos golpea a muchos en el mundo, especialmente, con aquellas personas que han perdido a algún ser querido; y ahora con más fuerza y fe, pues lo hago en calidad de sobreviviente del COVID. Al igual que cada día desde que esto inició, y como lo haré cada día hasta que termine, elevo una oración por todos ellos, porque puedan recuperarse y seguir adelante.

Te presento la segunda parte de la serie temática Marca personal y servicios profesionales: ¿hasta dónde llenar nuestra agenda? La primera parte fue publicada hace algunos días, y si no la has leído, te sugiero hacerlo antes de avanzar con esta; así podrás tener todos los insumos necesarios para interactuar con su contenido de forma más productiva y provechosa.

Hoy te propongo que analicemos juntos los siguientes aspectos del tema:

A modo de introducción

Servicios profesionales, tiempo de trabajo, y aporte de valor al mercado

Algunas razones y dudas sobre la gestión de nuestra agenda

  • La salud
  • La familia
  • La profesionalización permanente
  • Personal branding

A modo de conclusión

Para luego es tarde, amigo lector. Gracias por ser, por estar, por acompañarme hoy y siempre. 

 

Servicios profesionales, tiempo de trabajo, y aporte de valor al mercado

Algunos de los colegas que he encontrado durante los años más recientes, compartiendo la ruta de los servicios profesionales gestionados y ofrecidos de forma relativamente independiente, suelen ser conocidos por sus muy apretadas agendas laborales. Contactarles es un problema, y contratarles, otro aún mayor, porque siempre «están full». Y desde hace años vengo preguntándome si esa es la mejor manera de gestionar la vida profesional, en cuanto a factores como el uso del tiempo, la búsqueda de la productividad y la efectividad, la investigación sistemática del mercado y sus evoluciones, la actualización necesaria y también sistemática de la propuesta única de valor, la atención a la clientela actual y potencial, el cuidado de la salud física y mental, la profesionalización permanente que resulta imprescindible para la sostenibilidad profesional en esta nueva época, y por supuesto, la marca personal y su gestión. 

Porque de hecho, en algunas etapas pasadas y en otras más recientes de mi propia carrera, yo también he pasado a ratos por ese tremendo e hiper-demandante estatus de sobreocupación laboral/profesional, y al sentir sus negativos efectos, he procurado aprender a evitarlo; y si llega y me arropa, a evadirlo (aunque no siempre lo he logrado, jejeje). Pues definitivamente, creo que el mismo no es favorable ni para el desempeño profesional, ni para el desarrollo personal (división conceptual que no me gusta y en la cual no creo como práctica, pero aquí la necesito como recurso didáctico para ilustrar mi punto); ni tampoco lo considero válido para la gestión y el desarrollo integral de una carrera, que es el marco general integrador de ambas dimensiones. 

En modo «ubicatex» (un término «folclórico» aprendido de mi querida amiga y excelente colega Ylse hace unos cuantos años), quiero reiterar algo que ya dije en la primera parte de la serie: aunque creo que los conceptos y las ideas que aquí comparto pueden ser aplicables a cualquier tipo de servicio profesional independiente, yo los enfoco de forma particular a las profesiones que integran lo que llamo «la industria de los servicios profesionales de apoyo a la gestión y desarrollo de capital humano, tecnológico, organizativo y social» (Estrada, 2021): a saber, la formación, la consultoría y la asesoría en diferentes áreas y ámbitos –marca personal, por ejemplo-, el mentoring, el coaching (todas las cuales reciben amplio y profundo soporte para sus desempeños desde otras áreas, como las TIC, el diseño y algunas más), y por supuesto, la producción y difusión intelectual de diversa índole que puede, suele y debe estar asociada a todas ellas.

Entonces, ya »ubicatexados» (este «neologismo» me suena con cierto swing, ya sabes), continúo el análisis centrado en dicho ámbito. 

En estas profesiones se manifiesta muy claramente (y en algunas abunda) el riesgo de la sobreocupación laboral y profesional en el trabajo «independiente», llegando en ciertos casos al nivel de saturacióny hasta sobresaturación, que también existe: preguntémosle detalles a Andrés, químico de origen-.  Y yo considero que la materialización de dicho riesgo nos afecta al menos en dos niveles: de forma individual (impactando negativamente las marcas personales de los profesionales) y de forma colectiva (impactando negativamente la marca social de cada profesión). 

Me explico a continuación. 

El objetivo primario de un cliente de servicios profesionales es recibir valor inmediatamente aplicable a sus diversos procesos, de un modo y con una calidad que le permitan obtener cada vez mejores resultados. Y el objetivo esencial de quien presta tales servicios debe ser, siempre y necesariamente, aportar dicho valor. Porque ello es la esencia de dicha interacción: contribuir a que otros logren lo que aspiran a lograr. Y el único vehículo que les puede conducir a ese logro -servicio profesional mediante-, es precisamente ese valor. 

A estos efectos, y en función de la marca personal como atributo humano, como categoría mercadotécnica, y como resultado social del trabajo profesional y de las relaciones humanas, el valor se define, a mi entender, del siguiente modo:

«…la dimensión contributiva que configura, describe y define favorablemente a una marca personal, o sea, el conjunto de aportaciones y/o soluciones que nacen en -o derivan de- ella: modelos de actuación, imagen referencial, contactos, influencias, relaciones, bienes, servicios, ideas, contenidos, sensaciones, emociones, aprendizajes, retos, oportunidades, colaboraciones, desarrollos varios, y/o cualquier combinación de dos o más de estos u otros elementos, los cuales la convierten en valiosa para quienes reciben y valoran su impacto, a partir de las formas y magnitudes en que tales aportes y soluciones contribuyen a mejorar sus vidas. Dichos beneficiarios posicionan positivamente en sus mentes a esa marca personal a partir del valor que ella les aporta y que constituye, para ellos, el sentido existencial y la esencia misma de la marca en cuestión; el recurso o mecanismo que la hace memorable para sus públicos a partir del beneficio recibido. Si lo que ocurre es la no aportación (ausencia) del valor requerido y potencialmente esperado de ella, todo lo anterior funciona e impacta en sentido negativo y obviamente desfavorable para la marca personal de referencia.»

O sea: de modo más sintético y directo, hay valor en todo cuanto aportamos a nuestros públicos desde lo que somos, hacemos y logramos, que constituye o representa para ellos una oportunidad para mejorar algún aspecto de sus vidas, o un recurso de cualquier índole con el cual hacerlo, o ambas cosas a la vez. Y ello se manifiesta ‘en negativo’, cuando dejamos de efectuar tales contribuciones» (Estrada, 2019). 

Evidentemente, todos los oferentes de servicios profesionales que operamos «fuera de las sombrillas organizacionales», tenemos la misión profesional de aportar a nuestros clientes tanto valor inmediatamente aplicable como se nos requiera y podamos. Y aportar valor al cliente pasa necesariamente por dedicarle tiempo. ¿Cuánto? El que se necesite para generar y proveerle todo el valor que requiera, lo cual muchas veces representa darle más de lo que pide y más de lo que paga; y estar en condiciones de hacer todo eso pasa necesariamente por dedicarnos tiempo a nosotros mismos. ¿Cuánto? El que necesitemos utilizar a fin de estar en condiciones óptimas para aportar todo el valor que se nos requiera, o al menos las mejores que podamos alcanzar, a nivel personal «y» profesional (dos esferas inseparables, como ya te he avanzado). ¿Y en la práctica, cuánto es ese tiempo, en ambos casos? Mi «palabra clave» habitual: DEPENDE.

¿De qué depende? Pues puede depender de muchísimos factores. Veamos brevemente algunos de ellos, amigo lector; pero tranquilo, que solo serán DIEZ (si me lees hace algún tiempo, sabes que ese número me gusta):

  1. De la disponibilidad de tiempo -real y objetiva- de ambas partes. Tenemos todo el tiempo que necesitamos: 24 horas diarias durante toda nuestra vida, y ni un segundo más. La clave del éxito laboral/profesional en este aspecto del tiempo (o una de ellas), reside en cómo lo distribuimos -planificación/organización-, lo utilizamos -ejecución/gestión-, y cuánto provecho le sacamos -productividad/calidad/efectividad/rentabilidad-. Y de estas tres dimensiones (salvo las siempre presentes excepciones), la tercera suele ser una consecuencia de cómo manejemos la primera y la segunda. Mientras más y mejor tiempo (aquí me refiero a nuestras horas más productivas) dediquemos a las actividades importantes, o sea, a las que más aportan al logro de nuestros objetivos, mayor será nuestra probabilidad de ser laboral y profesionalmente efectivos -es decir, eficaces y eficientes-. Si nuestro cliente considera nuestra intervención como estratégica para su negocio, buscará la manera de crear más disponibilidad temporal suya, de su equipo si es el caso, y de cuanto ente individual o colectivo deba estar involucrado; y lo mismo deberemos hacer nosotros, que como oferentes, nos debemos a él, a nuestro contratante. No porque »siempre tenga la razón» (no creo en eso, jajaja), sino porque de esa forma, se facilita, enriquece y legitima el proceso, y así, ambas partes podemos salir ganando, y en virtud de ello, gana el sector suyo y el nuestro, gana el mercado, y gana la sociedad. En mi añejo artículo Consultoría gerencial: una profesión, un negocio, y un servicio profesional de alto valor agregado (original escrito para una revista de negocios en 2010, y publicado en línea en 2012) y también en el más reciente Consultoría organizacional: otra mirada al qué, al por qué y al cómo, hago una referencia bastante detallada de este y otros aspectos de la relación cliente/oferente en los servicios profesionales.
  2. De los términos contractuales acordados, y las condiciones estipuladas en ellos. Dependiendo de lo que esté escrito, y en algunos casos, de lo que sea obvio, esté sobreentendido, o constituya una práctica sectorial habitual y generalmente aceptada que »no hace falta escribir», se producirá una mayor o menor dedicación temporal de ambas partes al servicio contratado.
  3. De nuestro nivel de competencia profesional. Mientras mejor preparados estemos y más experiencia pertinente poseamos en los temas abarcados por nuestra intervención, menor tiempo tendremos que invertir en generar las soluciones que se nos requieren, y podremos dedicar más, por ejemplo, a preparar al cliente y/o su equipo para comprenderlas, implementarlas y rentabilizarlas.
  4. De cuánto conozcamos el sector del cliente, y al propio cliente. Mientras mayor y mejor conocimiento tengamos sobre el sector, más claro podremos tener cuáles son los tipos y las magnitudes de valor que allí se requieren y demandan, y menos tiempo deberemos dedicar a investigar sobre eso. Y por supuesto, lo mismo aplica respecto a cuáles niveles está la aportación de ese valor, y quiénes son los que más y mejor lo aportan (los eventuales competidores de nuestro cliente). Por otro lado, conocer bien o muy bien a este último nos permitirá -entre otras cosas- dedicar más tiempo a trabajar con él sobre sus fortalezas, y a definir e implementar las mejores estrategias para aprovecharlas, restándolo a otros asuntos menos productivos.
  5. De cuánto el cliente conozca su sector y se conozca a sí mismo (esto aplica sin importar el tipo de cliente). Mientras más él conozca el sector, y se conozca a sí mismo, más fácil será que identifique sobre -sea solo o con nuestra ayuda- en cuáles temas debe trabajar para mejorar su desempeño y su posicionamiento competitivo, y se podrá dedicar más tiempo a eso y menos a desarrollar procesos de diagnóstico interno y externo. 
  6. De la disposición del cliente a compartir cuanta información sea relevante para nuestro trabajo. Mientras mayor sea su apertura y su disposición a compartir información, menos tiempo deberemos destinar a investigar sobre temas clave, y más a enfocarnos a las mejoras necesarias en el desempeño. 
  7. De la compatibilidad, empatía y simpatía que exista o se construya entre nosotros y la(s) persona(s) que es(son) o representa(n) al cliente. Mientras mejor nivel y calidad tengan estas características en nuestra relación con el cliente y/o sus representantes, más rápidamente podrán fluir y dar frutos los diversos procesos interpersonales que hacen parte de la intervención, y menos tiempo deberemos dedicar a construir mejores relaciones, “limar asperezas”, y cosas por el estilo. Y además, la experiencia demuestra que muchas veces los tiempos de trabajo consultivo se alargan considerablemente de forma innecesaria, por temas como los conflictos interpersonales, las trabas intencionales que impone alguien a quien “no le caemos bien” o que se siente amenazado por nuestra presencia allí, etc., etc.
  8. Del grado de avance cualitativo y cuantitativo que se vaya logrando en la intervención. Los logros suelen estimular mucho a quienes los obtienen, sobre todo cuando ello es reconocido por la autoridad correspondiente. Mientras más y mejor se avance en el proyecto, y más se reconozca este hecho y a sus responsables, será menos necesario dedicar tiempo a estimular, motivar, intervenir para potenciar, etc., etc., y habrá más disponible para intervenir en las áreas de mayor impacto potencial en la mejora de todo el proceso.
  9. De las evoluciones circunstanciales del entorno. Si estas son favorables al proyecto, las cosas podrán continuar “sobre ruedas”, y habrá menos necesidad de dedicar tiempo a efectuar ajustes, adecuaciones, reestructuraciones, nuevas contrataciones, cambios de rumbo, etc.; y si ocurre al revés, pues…al revés.
  10. De la satisfacción y la felicidad que ambas partes vayan sintiendo durante el proceso. Mientras mayores sean estas, ambas partes buscarán dedicar más tiempo a trabajar e involucrarse en la intervención que tienen en marcha, procurando inclusive efectuar ajustes al contrato vigente y/o a otras tareas que tengan al margen de este. He visto suceder esto muchísimas veces, y he sido parte de unas cuantas; y ello es muy normal. Los clientes, y los consultores/formadores/mentores/coaches/asesores/lo que sea, somos seres humanos; y como tales, tendemos a permanecer más tiempo donde estamos más satisfechos y somos más felices. Sobre todo, si al hacerlo mejora nuestra economía, jejeje…

Como te dije, estos son solo diez de los factores de los que depende el tiempo que debemos dedicar a nuestra preparación para aportar valor. Puede haber muchos más, y seguramente tú puedes proponerlos y sustentarlos para todos.

Y no podemos perder de vista que hay «tipos» de valor que aportamos sin saber necesariamente que lo hacemos, hasta que alguien más nos lo hace saber mediante alguna clase de feedback; me he referido a este interesante punto en relación con la forma de descubrir cuál es nuestra marca personal. Te menciono solo algunos ejemplos:

  1. Los modelos y ejemplos de actuación profesional que ofrecemos.
  2. La calidad humana de que hacemos gala, y que inspira a otros a emularla.
  3. La alegría y energía que irradiamos, y resulta contagiosa para quienes nos rodean.
  4. La fuerza con que nos recuperamos de un error o fracaso, y que impulsa a otros a levantarse y continuar ante situaciones similares o equivalentes.

¿Reconoces estas condiciones -u otras parecidas- en alguien de tu entorno laboral/profesional anterior o actual, amigo lector? ¡Porque todo ello es altamente valioso, o sea, aporta muchísimo valor!

Todo lo anterior es potencialmente gestionable por cada quien, de acuerdo al nivel de dominio que tenga sobre sí mismo, su personalidad y su profesionalidad, entre otros aspectos. De ahí la enorme importancia que muchos profesionales de nuestra industria concedemos al autoconocimiento y a la formulación e implementación de estrategias de intervención y posicionamiento basadas en ello. Es fundamental saber muy bien quiénes y cómo somos, al igual que conocer a fondo qué hacemos y cómo lo hacemos en cada una de las esferas de nuestra vida; y tener tan claro como sea posible la forma y la medida en que todo ello, y cada parte de ello, incide, impacta, influye, educa, transforma, beneficia, perjudica, emociona -y cómo-, ilusiona, desilusiona, inspira, desinspira, motiva, desmotiva, moviliza, desmoviliza, alegra, disgusta, acerca, aleja, en fin…MARCA a las personas a nuestro alrededor, ya sea a dos metros o a diez mil kilómetros de distancia. Y por supuesto, conocer también a fondo nuestras propias formas de reaccionar ante las acciones/reacciones de nuestros diversos entornos, y de ser posible, de cada persona que los integra. «Eso» se llama autoconocimiento. 

Como parte de su gran desempeño temático en diferentes modalidades,  mi amigo y colega Guillem viene desarrollando desde hace años un trabajo divulgativo excelente acerca de este estratégico tema, que incluye diversos artículos como este de 2018, este de 2021, y una excelente y muy recomendable serie muy bien enfocada, con la participación de otros importantes profesionales. Y tal prioridad de enfoque no es gratuita, y menos aún fortuita: responde claramente a diferentes criterios de valor de marca.

Te propongo un ejemplo en modo interrogativo, muy sencillo. 

¿Qué es más importante para un profesional de nuestra industria: conocer muy bien lo que sabe y puede hacer y aportar a un cliente (o sea, sus fortalezas), o conocer muy bien lo que no sabe ni puede hacer ni aportar (es decir, sus debilidades)?

Es bastante obvio, ¿verdad?

Recurramos brevemente a nuestro viejo amigo Perogrullo. Ningún cliente nos llama para que NO le ayudemos, sino para que LO HAGAMOS. No nos buscan para que apliquemos lo que NO sabemos ni podemos, sino por lo que SÍ sabemos y podemos. Y ninguno de nosotros publicita sus debilidades, sino sus fortalezas, las cosas que sabe y puede hacer para ayudar a los clientes, y dicho sea «de paso», ganarse la vida en el proceso. 

Hasta el día de hoy, no he leído ni escuchado una sola propuesta única de valor que se base en las debilidades del oferente. Solo en sus fortalezas. Y esa propuesta es lo que hace que nos contraten, o provoca que no lo hagan. De ahí la enorme importancia de conocer MUY BIEN nuestras fortalezas, así como desarrollarlas, profundizarlas y diversificarlas cada día más, para enfocar nuestras propuestas, proyectos y desempeños en ellas, que son los pilares de nuestro éxito. 

Te propongo brevemente tres razones que sustentan esto. 

En primer lugar, elevar nuestra profesionalidad a partir del conocimiento profundo de nuestras fortalezas, de su potenciación sistemática, y del dominio que tengamos de su necesidad en el mercado, puede valorizar aún más nuestra contribución, al multiplicar y diversificar el aporte de valor. En segundo, puede aumentar nuestro valor de mercado, al ser percibidos como un «producto» más completo, integral y útil. Y en tercero, puede aportar al gremio modelos de actuación que potencien la marca social de la profesión y contribuyan a elevar y mejorar su posicionamiento. El Maestro Xavi Roca, sólido y reconocido experto en personal branding, ha trabajado mucho con este tema y ha colaborado en la serie de Guillem; te sugiero revisar cuidadosamente sus propuestas sobre ello.

En mi trabajo de 2020 Marca personal: valor versus precio en los servicios profesionales, he propuesto algunas ideas más, muy relacionadas con todo este complejo tema; te sugiero revisarlo luego y te invito a estar pendiente, porque dentro de poco tiempo publicaré allí mismo (con bastante retraso involuntario, por cierto: he estado «sobreocupado», jejeje) la segunda parte de ese trabajo, que abarcará con cierta profundidad dos factores: tiempo y valor. Sigamos ahora analizando este controversial asunto. 

Algunas razones y dudas sobre la gestión de nuestra agenda

Comencemos esta parte analizando algunas consecuencias del «síndrome de la sobreocupación laboral/profesional» (bautizo mío; no confundir con el burnout, una condición de índole ocupacional y no médicaver la interesante fuente recién enlazada-, que como es sabido, puede surgir y manifestarse a partir de diversas causas, incluido mi recién bautizado síndrome, jejeje).

Dar al mercado la impresión de ser un profesional demasiado ocupado puede ser contraproducente. Y si ello trasciende ciertas fronteras, y se hace de dominio público, pasa a formar parte de nuestra marca  personal: nos sienten, piensan y posicionan como «Fulano, el que nunca puede», «Mengano, siempre ocupado», «Zutano, el pulpo inalcanzable», y otras diversas posibilidades. Sobre todo, si algún fracaso o «resbalón» profesional es asociado por el público afectado a la característica de que estamos hablando. Te lo digo con pleno conocimiento de causa, porque algo de eso me ha sucedido un par de veces tiempo atrás (me autocritico al respecto,  y sigo trabajando para mejorar en este aspecto), y también a otros colegas que conozco. Porque si hay una verdad «absoluta» en nuestro negocio, es que no podemos ni podremos llegarle a todo. Como bien afirma Andrés en un post muy reciente, «Cuando no hay tiempo ni dinero para estar en todos los sitios, hay que priorizar«. Y como de hecho, ese taaaaaanto tiempo nunca va a ser realidad, porque cada día surgen más y más sitios donde «estar«, y nuestra presencia en todos o casi todos ellos es inversamente proporcional a nuestra posibilidad real de “ser” en cada uno de ellos (ecos añejos pero siempre vigentes de Guillem), pues resulta que PRIORIZAR SE CONVIERTE EN UNA PRIORIDAD ESTRATÉGICA.

Y aún más riesgoso es el hecho de que los mejores exponentes de cada profesión, esos cuyas marcas personales constituyen y prácticamente definen el estándar del   buen desempeño en sus respectivos campos, se permitan –o propicien que se manifieste en ellos– esa sobreocupación laboral/profesional. Entre otras razones, porque ellos son seres humanos que independientemente de su elevado expertise profesional, física y biológicamente pueden padecer las mismas consecuencias del sobreesfuerzo que padecemos quienes no estamos a tan alto nivel. Y además, porque cuando ellos «están llenos», los clientes potenciales que no pueden acceder a sus servicios procuran los de otros oferentes cuyas ofertas suelen llegarles vía publicidad, que como sabemos, puede y suele ser bastante engañosa; seguramente has visto y sufrido como yo, en este tiempo de pandemia, el torrente de «ofertas» que cada día nos inunda las redes, algunas de ellas emitidas por oferentes que evidentemente no están todavía a la altura de sus excelsas e incumplibles promesas profesionales (una tendencia reciente y magistralmente bautizada por Guillem como «gurudemia«, en respuesta tuitera a mi artículo publicado en Quora La condición de EXPERTO es una marca personal). Y muchas veces, esos «otros» no están suficientemente preparados para ofrecer la calidad y aportar el valor que les es requerido por el mercado (me refiero especialmente a los que suelo denominar pseudoexpertos, –y que otros varios colegas llaman «vendedores de humo»– que se venden al público como expertos en el tema X, Y o Z, y están muy lejos de dicho nivel); y en esos casos, la marca social de la profesión sufre las consecuencias. 

NOTA: Acerca del mencionado «humo» y su nociva presencia en el campo del personal branding, te recomiendo leer mi respuesta a dos de las potentes preguntas que me hizo Pablo en nuestra entrevista bidireccional transoceánica de 2019. FIN DE LA NOTA. 

Pues cuando dos, tres o cuatro profesionales de un mismo rubro en un determinado entorno (cifra variable en función de diversos factores), les fallan sucesivamente a uno, dos o tres clientes individuales o corporativos que disfrutan de amplia notoriedad y generan mucho impacto –sobre todo si lo hacen en segmentos medianos o grandes del mercado y la sociedad-, el ruido negativo de tales fallos se expande rápidamente y comienza a golpear de forma casi inevitable al resto del gremio ubicado en el entorno más o menos inmediato (a eso me refiero cuando digo que es afectada la marca social de la profesión, entendiendo por ello su imagen, prestigio, estatus, impacto, posicionamiento y reconocimiento social). Por ejemplo, con expresiones tipo «la consultoría está en decadencia», «aquí los maestros no educan a nadie», «el coaching no funciona», «ya los formadores empresariales no son lo que eran antes», «los consultores en personal branding no trabajan con metodologías realmente efectivas», y muchas otras cosas del mismo jaez, sean o no estrictamente ciertas, y estén o no bien justificadas (seguro conoces la teoría del rumor). 

Pero si tales cosas les suceden sucesiva o simultáneamente a muchos clientes del tipo descrito arriba, y no solo a dos o tres bien localizados; o en otro caso frecuente, públicos más o menos masivos comienzan a recibir en línea contenidos que distorsionan la verdad de un tema; o aún en otro, ciertos practicantes de alta visibilidad y notoriedad desarrollan y publicitan prácticas que contravienen la esencia del concepto que «practican», pues ahí la cosa se pone mucho más grave: el ruido se convierte en tendencia, en la dimensión más colectiva y social de este concepto, y ya sabemos lo que eso significa en tiempos de redes sociales basadas en la web, que han convertido la «inmediatez» del entorno en un asunto de alcance global. 

En esos casos, el asunto se torna crisis, al margen de la mayor o menor validez de su origen; pero definitivamente, alguna debe tener, porque como dice el refrán popular, «cuando el río suena es porque agua trae». Todos conocemos algún caso (y hasta muchos casos) de improvisaciones pseudoprofesionales que han generado grandes ruidos alrededor de la validez y/o legitimidad de ciertos ejercicios, y el personal branding es un excelente ejemplo de ello. Pregúntale a Andrés y a Guillem, dos de los colegas que más y mejor han conocido y tratado estos feos asuntos, y dime qué te dicen al respecto. 

NOTA AL MARGEN: Hay redes sociales (agrupaciones de personas que se interconectan e interactúan entre ellas con diversas motivaciones, por diferentes vías y a diversos niveles) desde hace muchísimo tiempo; de hecho, mucho antes de Internet. Pero este concepto ha tenido y sigue teniendo múltiples adecuaciones y nuevos desarrollos tecnológicos gracias a la WWW, y por eso -y otras cosas- solemos asociarlo exclusivamente a ella. Sucede algo parecido con la marca personal, que siempre ha existido, aunque solo en 1997 alguien llamado Tom Peters «le puso nombre»; y desde ahí él mismo, y otros muchos tras su huella, hemos generado, propuesto y difundido nuevos desarrollos del concepto marca personal, y diversos modelos y métodos para gestionarla, a través de lo que conocemos como personal branding. FIN DE LA NOTA. 

Y  en esos últimos casos mencionados antes de la nota, los desempeños fallidos de algunos o muchos oferentes devienen hábito de impacto social y provocan críticas fuertes procedentes de personalidades con elevada credibilidad pública, que tienden a la generalización y tipificación de tales errores individuales como si fueran «fallas de origen» de la profesión o actividad profesional de que se trate -o de los conceptos que la sustentan-, y no dificultades de implementación por parte de quienes han errado. Por citar un único pero muy interesante ejemplo, hace dos años un profesional e intelectual tan sólido y justamente reconocido como Amalio Rey publicó el polémico y muy debatido artículo crítico El lado oscuro de la marca personal, al que yo respondí, aquí donde hoy me lees, con la serie de cinco trabajos En defensa de la marca personal (te he enlazado su quinta parte y final), que luego se convirtieron en el ya citado libro digital Pues sí: ¡SOMOS MARCAS!. Y algunas de las más duras críticas de Amalio se basaban en lo que definitivamente son evidentes malas prácticas de cierto grupo de practicantes del personal branding, las cuales él consideraba problemas estructurales del concepto y no deficiencias humanas en su aplicación. En mi opinión profesional, fue amplia y razonablemente demostrada la posición opuesta a la de este crítico; pero ello no le niega peso a su enfoque y postura, en cuanto atañe a la importancia de hacer siempre muy bien las cosas en el desempeño de cualquier profesión o actividad profesional. 

Por esas y otras diversas razones califico como contraproducente nuestra sobreocupación laboral/profesional, en tanto oferentes de los servicios homónimos. Y propongo que nos autoanalicemos y evaluemos qué tanto ello nos resulta mejor o peor a nivel individual, y cómo cada uno de nosotros podría afectarse a sí mismo y a todo el gremio al cual pertenece, al aceptar como válido dicho estado (o peor aún, como «necesario») y convivir con él. 

Es más: yo afirmo -y pretendo sustentar aquí- que a los mejores y más representativos exponentes de cada una de las profesiones que integran nuestra industria, LES CONVIENE A NIVEL PERSONAL, INCLUYENDO EL ASPECTO ECONÓMICO, evitar este estatus. Te lo demostraré dentro de algunos párrafos, con ejemplos y propuestas derivados de ellos. 

Mmmmm…Sí, ya sé lo que te estás preguntando, amigo lector. No es difícil adivinarlo. Son estas dos cosas: 

  • ¿Y esos «mejores», quiénes son? 
  • ¿Y ellos, saben que lo son? 

La primera pregunta es muy difícil de responder aquí, considerando un ámbito tan amplio y multitemático como el de nuestra industria. Habría que segmentar por campos o profesiones, dentro de ellos/as, por temas, y dentro de los temas, aplicar un grupo de filtros que nos condujeran desde un listado amplio y diverso (el nivel masivo) a otro mucho más breve y concreto (el nivel selectivo y hasta ultraselectivo: como decía en broma mi mentor, maestro y amigo Frank Rabaza -que en gloria está-, esos son  «los más mejores«). Este trabajo que estás leyendo no me permite hacer algo así, ni siquiera en los campos donde yo me desempeño; pero te propondré algunos «tips» (siguiendo la moda, jajaja) para que tú lo hagas en el o los tuyos:

  • «Rumores« en el gremio, y sus consecuencias. Cuando alguien es el mejor, o está entre ellos, todo el mundo (o casi) lo sabe, lo dice, y le recomienda. Pero además -yéndonos al «otro» extremo- suelen ocurrir hechos desagradables basados en los celos profesionales, las envidias de diversa índole, las peleas por proyectos y/o posiciones…Ser el mejor, o estar entre ellos, tiene un precio que no siempre es agradable.
  • «Rumores« y preferencias de los clientes. Cuando alguien es el mejor, o está entre ellos, todo el mundo (o casi) lo sabe, lo dice, y le recomienda. Creéme: el boca/oreja sí funciona. Eso de que «los mercados son conversaciones, y están formados por seres humanos y no por sectores demográficos«, es una verdad del tamaño de Júpiter.
  • Producción y difusión intelectual. Sus aportes en línea (blogs, libros digitales, redes, eventos virtuales) y en otros espacios más presenciales (Congresos, eventos, reuniones profesionales) son muy seguidos, consultados, citados, elogiados…Y en ciertos contextos, ello también suele traerle consecuencias «feas». Como ya te dije arriba, ser el mejor, o estar entre ellos, tiene un precio que no siempre es agradable.
  • Sentido y connotación de su marca personal. Ese «mejor» generalmente está posicionado en el imaginario gremial y del mercado como «el tipo a seguir». Y eventualmente, a «combatir»: pues como me siento obligado a repetirte, ser el mejor, o estar entre ellos, tiene un precio que no siempre es agradable.

Y la segunda pregunta, te la respondo utilizando mi técnica del autorrobo; esta vez, como otras varias, extraigo el fragmento de un libro que tengo en preparación:

«Los verdaderos referentes SABEN QUE LO SON: no nos llamemos a engaño. Cuando los públicos te asumen como tal, ello es sumamente notorio; y tendrías que ser muy lerdo o pecar de mucha falsa modestia para no percatarte (o simularlo así) de que tal cosa está sucediendo. Y sé perfectamente que es un tema harto incómodo y muy difícil de abordar –siempre puede haber quien piense «feo» de quien escribe sobre este tipo de asunto, por la razón que sea-, pero precisamente por eso es más necesario que alguien lo haga. Asumo el riesgo. 

Se llega a ser referente trabajando, produciendo, creando, innovando, transformando, diferenciándose, y sobre todo, APORTANDO VALOR, MUCHO VALOR. Con la condición de referente sucede lo mismo que con la de experto (de hecho, hay un vínculo interesante entre ellas que te comento brevemente dentro de unos párrafos): aunque esa condición nace en ti a partir de tus ejecutorias, no eres tú quien la otorga, sino los públicos. 

Pero si llega el momento en que tal estatus se hace realidad, se lo debe manejar y gestionar con muchísimo cuidado. Pues existe una línea muy delgada, sutil y fácilmente traspasable, entre el respeto profesional y la alta valoración humana que puede merecernos un referente que sabe conducirse como persona entre personas, y la distancia que suele emerger entre quienes «se lo creen demasiado» y los públicos que les siguen por su expertise, pero detestan su egolatría, vanidad y prepotencia. He analizado un poco estos delicados asuntos en trabajos como Marca personal: no eres (ni puedes ser, ni debes sentirte) el modelo universal, y Marca personal: diez vacunas protectoras contra el “egovirus”; te sugiero revisarlos luego.

Y ojo: hay que tener mucho cuidado con la intención de ser referente. No es malo desearlo, para nada; siempre que se esté dispuesto a hacer el mucho trabajo duro que se requiere para llegar ahí, y luego (más duro aún) para mantenerse ahí. Como he dicho otras veces, no es cosa de “lucir el cartelito sin hacer el trabajito”. » (Estrada, 2021, libro inédito). 

¿Respondí tus preguntas, amigo lector? ¿Aclaré tus dudas?

He aquí tres ideas (a la luz de lo que suena en nuestra industria, podrían ser treinta, pero lo dejé en tres) que sustentan las afirmaciones anteriores a la cita, y algunas de las dudas que podrían surgir respecto a cada una de ellas:

  • Un cliente potencial que necesita y busca dedicación casi exclusiva durante cierto tiempo (y puede pagar por ella) podría preguntarse: Si este consultor/asesor/mentor/formador/coach/lo que sea, está siempre tan ocupado, ¿de dónde sacará tiempo para mí? Y esa duda es lógica y legítima; porque si nos busca de ese modo es porque así nos necesita, ¿verdad? Y estando sobreocupados, ¿cómo le atenderíamos adecuadamente?
  • Otro cliente, sobre todo en servicios profesionales dedicados al desarrollo personal en sus diversas variantes, se cuestionaría así: ¿Y esa locura de estar siempre tan ocupado en el trabajo y sin tiempo para nada más se llama «calidad de vida»? ¿Este consultor/asesor/mentor/formador/coach/lo que sea, trabaja para vivir o vive para trabajar? ¿Esto que veo en él es el modelo de desarrollo personal que me ofrece?
  • Y un tercer cliente que busca nuestros servicios en modalidad presencial, podría cuestionarse sobre nuestra posibilidad real y objetiva de trabajar con él de esa manera, si somos de los que «viven en Internet». Pues en tal caso, seguramente nos ve dedicarle muchísimo tiempo a las redes sociales, la actividad profesional online, la impartición de webinars, la publicación y discusión de textos, videos o audios, etc….Y podría preguntarse: ¿De dónde sacará el tiempo para venir a mi empresa, y cuál nivel de dedicación tendrá a mis necesidades, con taaaanta gente que atiende y taaaantas cosas que hace siempre en línea? 

¡Esta lista podría alargarse mucho! ¿Verdad que sí?

El asunto de la preparación de algunos profesionales para ofrecer servicios homónimos puede tener diferentes soluciones. Te propongo brevemente tres ejemplos, y amplío más dentro de unos párrafos:

  • Estudio y profesionalización permanente (responsabilidad individual de cada quien). 
  • Obtención y oferta al mercado de Certificaciones profesionales que avalen el ejercicio (sobre todo en temas relativamente nuevos y que enfrentan ciertas resistencias, como el personal branding, cuyo desarrollo en diversos entornos aún es incipiente). 
  • Mentorías especializadas por parte de los mejores en cada área (generosidad mediante, of course; y también practicidad, porque además, a todos nos conviene que estos temas sean resueltos, para que la marca social de nuestras profesiones se mantenga «limpia»). 

Ahora me explico un poco más sobre esto, a través de un caso hipotético. 

Mi viejo amigo Juan Pérez es un sólido y muy reconocido experto en su campo de trabajo (desarrollo de la empleabilidad) y en el entorno donde lo hace (la ciudad industrial donde nació, se desarrolló y vive); pareciera que allí donde él trabaja, el resto del gremio orbita a su alrededor. Y por supuesto, cuanta persona del contexto necesita esos servicios, quiere trabajar con Juan, porque definitivamente, es el mejor. Como se diría en el béisbol, «El juego decisivo, lo pitchea el mejor pitcher«. O en el fútbol: «Si Messi está en juego, los penales son suyos«. 

Mi pregunta es esta: ¿tal situación es conveniente y sostenible para Juan, para el sector y para el entorno?

Mi respuesta: NO LO ES, y ello aplica para ambas condiciones -la conveniencia y la sostenibilidad- y para los tres entes abarcados: Juan, el entorno, y el sector. Me explico. 

Juan es un ser humano. Tan susceptible como cualquier otro a enfermarse, tener problemas familiares, estresarse en exceso, agotarse, «quemarse»…y un largo etc. No le conviene que todo lo que hay que hacer allí en términos de desarrollo de la empleabilidad, pase por sus manos, porque ello le condena a no tener vacaciones, ni días libres, ni poder «despejar», ni atender a sus diversas obligaciones como persona, hombre de familia y ser social, so pena de ir perdiendo presencia, espacio y «poder» ante los muchísimos clientes que dejaría de atender. Y no puede ni podrá sostener el ritmo de trabajo que esa concentración le acarrearía, porque como ya dije, es un ser humano susceptible de…todo lo que has leído unas líneas más arriba, y aún más cosas.

El entorno necesita una determinada frecuencia, variedad, profundidad y estabilidad de las intervenciones en desarrollo de la empleabilidad. En la ciudad hay un grupo de empresas en crecimiento y de importantes instituciones públicas que constantemente demandan nuevos profesionales; y además, varias compañías internacionales están desarrollando nuevos proyectos de inversión que requerirán una gran masa de trabajadores. No le conviene que toooodo eso pase únicamente por las manos de un solo «hombre/pulpo«: entre otras muchas cosas, porque toda su evolución como comunidad socio/laboral/profesional dependerá de una única opción de intervención y desarrollo, con todo lo que ello puede implicar en cuanto a sesgos, resistencias al cambio, unilateralidad de enfoques, etc., etc. Y no puede ni podrá sostener esa situación/realidad, porque al ser inevitablemente insostenible por parte del único proveedor, se generarán múltiples retrasos en la dinámica de su desarrollo como comunidad socio/laboral/profesional.

Y finalmente, el sector debe estar en capacidad de ofrecer todo eso con la calidad y la efectividad requerida por el entorno. Ello requiere la existencia de una determinada cantidad de profesionales especializados en desarrollo de la empleabilidad, que sean muy competentes, estén correctamente motivados, y tengan la capacidad estratégica y la independencia operativa para desarrollar sus propios proyectos de intervención. No le conviene que solo un oferente individual concentre en sus manos el mercado, porque ello retrasará inevitablemente su desarrollo sectorial: nadie tiene ni puede tener la verdad absoluta ni el monopolio conceptual, metodológico y práctico en ningún tema. Y no puede ni podrá sostener esa situación por mucho tiempo (ni siquiera por poco, diría yo), porque la marca social de las intervenciones en desarrollo de la empleabilidad se verá considerablemente afectada por la falta de resolutividad del único oferente disponible, que por razones ya expuestas y otras por exponer, no puede ni podrá tener capacidad resolutiva para atender con calidad y efectividad la expansiva y creciente demanda existente.

Ante tal escenario, que evidentemente choca contra la concentración del ejercicio en tan pocas manos (de hecho, dos manos), ¿qué podría y debería hacer Juan?

Veamos solo algunas posibilidades. 

  • Mentorizar a los mejores profesionales del sector que siguen sus enseñanzas. 
  • Colaborar en intervenciones con otros colegas, haciendo gala de una generosidad que podría serle, además, altamente rentable a futuro.
  • Crear y desarrollar una red profesional que potencie la competitividad de sus miembros a través de diferentes modalidades: colaboraciones de diversa índole, entrenamientos colectivos, grupos mastermind, entre otras. 
  • Gestionar de forma inteligente su ego (evitando o contrarrestando con vacunas efectivas una potencial egovirosis). Saberse y sentirse el único apto, puede hacerle creer que es imprescindible, y que «ellos» no cuentan con nadie más, y que «los otros» no están «listos»…¿Te suena?
  • Vacunarse contra el «síndrome del pulpo» (me lo acabo de inventar). Esta terapia vacunal incluye dosis intensivas de vacaciones y/o descansos periódicos de postergación prohibida, priorización y ultra-selectividad en la atención a clientes, empoderar a la familia para que nos «castigue» por cualquier incumplimiento de compromisos con ella, etc., etc.
  • Crear su propia empresa de capacitación o asociarse a otra (o a la Universidad local) donde pueda impartir Talleres, Diplomados y Entrenamientos especializados, así como publicar Manuales de Procedimientos u otros materiales, todo ello dirigido al desarrollo del sector que lidera profesionalmente; y que al prepararse y empoderarse, lo liberará de parte de su carga sin que se vean afectados sus ingresos personales, pues las fuentes de estos se habrán diversificado.

Todo ello puede asegurarle a Juan, en el plano estrictamente profesional, cosas como estas (entre otras muchas posibles):

  • Tener más tiempo para investigar, escribir, y luego actualizar sucesivas ediciones de un libro sobre el campo en que trabaja y se ha especializado tanto, el cual seguramente será referencia obligada para el sector y la academia en el entorno (contextualización temática, enfoque glocal), y eventualmente fuera de él. Y por supuesto, podrá convertirse en otra interesante fuente de ingresos recurrentes.
  • Fortalecer su ya potente marca personal, al extender su influencia e impacto hacia el desarrollo de sus colegas y la expansión y fortalecimiento del sector; así como a la producción y difusión intelectual. Y como seguramente recuerdas, está ampliamente demostrado que «se puede vivir de la marca personal«.
  • Cultivar, multiplicar, diversificar y fortalecer su legado profesional y humano, al posicionarse como un gran profesional que supo compartir sus saberes, contribuyó al desarrollo de su comunidad, de su sector y del mercado, dejó para la posteridad obra escrita con carácter y nivel referencial, y logró todo ello sin descuidar sus deberes como persona, padre de familia, y ciudadano. 

¿Te funcionan estas ideas, amigo lector?

La lógica del ejemplo anterior me resulta aplicable y funcional, de forma general, a casi todos (si no todos) los ámbitos del tema que abordo en este trabajo. 

¿Cómo lo ves tú, amigo lector? ¿Lo comentas con nosotros, por favor? 

Analicemos brevemente a continuación algunos otros elementos del tema.

La salud

El cuerpo humano tiene un diseño «de fábrica», con especificaciones muy precisas tanto en lo anatómico (básicamente, la estructura, a nivel de células, tejidos, órganos y sistemas de órganos) como en lo fisiológico (básicamente, el funcionamiento de cada una de esas partes y del todo que ellas constituyen). Y viene también «preparado» para un determinado grado de interacción e integración con el entorno. Todo ello involucra unas determinadas capacidades anatomofisiológicas, y ciertos límites que no deben ser excedidos en cuanto a las exigencias que hacemos a ambas dimensiones (estructura y funcionamiento) y a su integración en y para la actividad. 

Pero esta maravillosa creación llamada cuerpo humano, trae también «de fábrica», entre otras diversas capacidades, la de adaptación a las condiciones del entorno y a las exigencias de la actividad que cada ser humano desarrolla en cada momento de su vida. Lamentablemente, ella también funciona y es efectiva hasta cierto punto, y no puede rebasar ciertos límites; esto, claro está, puede variar de persona a persona, generalmente poco y excepcionalmente mucho, dependiendo de múltiples factores…pero también, inclusive los casos más extremos, dentro de ciertos límites determinados por nuestra genética y nuestro diseño «de origen» como especie. 

Veamos solo dos ejemplos, uno externo a nuestro tema y otro dentro de él:

  • Externo: Normalmente, un ser humano no puede dejar de respirar por más de un minuto, pocas veces minuto y medio, o dos minutos como un máximo muy escaso. Hay individuos excepcionales que por sus condiciones anatomofisiológicas muy particulares, y además potenciadas por el entrenamiento en algunos casos, pueden exceder moderada y hasta ampliamente ese rango; pero repito, son excepciones. Y cuando alguien intenta exceder tales límites -o es forzado a hacerlo, en casos que prefiero no mencionar aquí- la capacidad funcional de todo el cuerpo es moderada y hasta gravemente afectada, con elevado riesgo para la vida. Porque se ha roto la regla determinada por nuestro «diseño de fábrica».
  • Interno: Normalmente, el cerebro humano asimila «sin traumas» desarrollar esfuerzo intelectual y recibir carga homónima hasta un límite de entre 8 y 12 horas diarias (con algunos picos y variaciones no muy marcadas entre individuos, debidos a diferencias anatomofisiológicas y/o al entrenamiento aportado por el estudio o el trabajo), sin que el proceso y sus resultados sufran un notorio menoscabo cualitativo. Pero cuando ese límite es rebasado, el órgano «se cansa». Deja de ser efectivo en el proceso. Y por supuesto, deja de aportar resultados como lo hacía antes del exceso. Lo cual se traduce en una merma entre moderada y severa de nuestro rendimiento intelectual y/o profesional.

¿Qué nos muestra (y ojalá NOS DEMUESTRE) todo esto? 

Pues sencillamente, que como profesionales de servicios necesitamos conocer muy bien cuáles son nuestros límites humanos, esos que sirven de marco a un estado de salud razonablemente satisfactorio; y no permitirnos rebasarlos más allá de lo prudente en procura de ganar más dinero (lo que más arriba he propuesto como sobreocupación laboral/profesional), independientemente de las consecuencias laborales, económicas o mercadotécnicas que ello nos pueda acarrear. Porque si no cuidamos nuestra salud, no podremos seguir prestando los servicios profesionales de los cuales vivimos, y ahí nuestra marca personal en ese entorno no solamente sufrirá las consecuencias, como puede ser cierta merma cualitativa o cuantitativa en su posicionamiento: simplemente, desaparecerá del mercado. Así de sencillo.

La familia 

Muy conectado a todo lo anterior, está el importantísimo tema de la atención a la familia.

Somos individuos y a la vez seres sociales, que necesitamos una conexión con otras personas: una interacción e integración social. Y la familia es la célula fundamental de cualquier sociedad, de toda sociedad. Nacemos en ella, crecemos en ella, nos desarrollamos en ella; y de ella, preparados por ella, por nuestra familia de origen, salimos cuando nos toca a enfrentar la vida…y a formar la nuestra.

Ella es el espacio donde más y mejor podemos ser, aprender, crecer, manifestarnos y realizarnos como seres humanos. 

Esto implica y requiere un determinado nivel de atención por parte de cada quien, tanto a su familia de origen como a la que ha formado. Y esa atención nos demanda una determinada dedicación temporal. No hay reglas estrictas ni cifras estimables en esto; obviamente, tal como no hay dos personas iguales, tampoco las familias pueden serlo. Pero si algo puedo decirte, desde el dolor que a veces me ha ocasionado el no poder hacerlo por razones muy ajenas a mi voluntad, es que debemos priorizarlo. No es sustituible. Y ningún otro tipo de logro es tan gratificante como el que podemos cultivar aquí. 

Es más: lo que logremos aquí, nos fortalece muchísimo para todo lo demás, y lo que no logremos, nos debilita. Sobre todo a quienes nos dedicamos a prestar servicios profesionales del tipo que abordo en esta serie, servicios cuya esencia es la interacción con otras personas: porque la felicidad y la infelicidad “se notan” e influyen sobre nuestros procesos. Así que, si algo puedo decirte, es que ese tiempo debe estar disponible, y no debería tener que competir con el que dediquemos a ninguna otra actividad.

La profesionalización permanente 

Un poco más allá, aparece un asunto imprescindible e impostergable, llamado profesionalización permanente. Nadie mínimamente serio y con mínimas ganas de triunfar en lo que hace, puede pretender ser funcional,  y funcionar con efectividad, utilizando únicamente lo que aprendió y sabe hacer desde hace, por ejemplo, cinco años; todo ha cambiado, sigue y seguirá cambiando mucho desde entonces, en todos los campos, y mantenernos actualizados y a tono con todo lo nuevo que viene emergiendo, nos exige dedicar tiempo, mucho tiempo. Cuánta razón tenía el gran experto e ilustre académico Dr. Enrique Dans, al titular aquel tremendo, visionario y premonitorio libro «Todo va a cambiar«; no te lo pierdas en la edición digital LEGAL que acabo de enlazarte. Y ni siquiera te menciono un horizonte retroactivo mayor al quinquenal: no quiero ofender tu inteligencia.

Te propongo un ejemplo que ya he analizado antes, pero me sigue pareciendo importante dado lo que sigo viendo en línea. En mi libro digital de 2020 «¿Se puede ‘vivir de la marca personal’?«, cuyo origen fue este post homónimo, he propuesto un análisis del mencionado asunto (páginas 34/35), con base en el anclaje –cuasi apego, diría yo– que un numeroso grupo de profesionales manifiesta hacia la primera edición de un libro tan importante y vigente como Marca personal: cómo convertirse en la opción preferente, del Maestro Andrés Pérez Ortega, ignorando los nuevos desarrollos del concepto y el método que el propio autor ha efectuado durante los 13 años posteriores a su publicación. Y aunque creo que es muy obvio, voy a decir esto: yo no cuestiono en modo alguno el libro (líbreme Dios de tal pecado contra lo que considero una obra magistral que tanto nos ha servido y sirve a todos los practicantes del tema), sino al contrario, exhorto a convertirlo en una herramienta viva, contrastando los planteamientos originales con sus evoluciones (tanto las propuestas por el autor como las impuestas por el entorno y la vida), y actuando en consecuencia. Si así lo hacemos, estaremos inclusive enriqueciendo nuestro propio potencial como productores intelectuales, porque de ese tipo de abordajes pueden emerger excelentes artículos y videos, por solo mencionar dos productos cuyo desarrollo nos profesionaliza, que contribuyen al desarrollo del entorno, y que «además», posicionan muy bien nuestra marca personal.

¿Te imaginas como autor de un paper académico, un post profesional, o una serie de ellos, titulado -por ejemplo- «Aplicaciones y evoluciones del modelo ADN de branding personal, en el desarrollo estratégico de líderes empresariales en el país X«? ¿U otro nombrado «Avances evolutivos en branding personal: cómo gestionar tu marca de 2008 a 2021, según Andrés Pérez Ortega«? ¿…?

Pues ello ES POSIBLE. Puedes, podemos hacerlo, y lograrlo. ¿Pero sabes qué? Requiere y exige dedicarle tiempo; y dependiendo del nivel actual de cada quien, puede ser MUCHO TIEMPO. 

Y hablo de esto porque lo practico con mi propio trabajo. Recientemente publiqué en Soymimarca el artículo titulado Respondiendo las cinco preguntas más recurrentes sobre marca personal, en el cual recogí 2 respuestas que ofrecí a interrogantes sobre el tema en Quora durante 2017, y tres del presente 2021. Y cuando analizo las mismas, me doy cuenta de que ellas reflejan ciertas evoluciones en mi propio pensamiento sobre el tema, según lo voy estudiando, investigando y practicando; y ello es una constante en mi desempeño profesional, porque nunca me conformo con lo que creo saber, ni lo doy por «definitivo» (sin comentarios). Un ejemplo sencillo: hace unos cuantos años titulé este artículo -que tuvo bastante repercusión-, utilizando el término «crear marca personal«, cuya utilización he cuestionado y confrontado tanto después, y lo sigo haciendo, porque es un severo error conceptual. A eso se llega estudiando, investigando y practicando. No hay otro camino. 

Y por cierto, no he modificado el título en cuestión: lo tengo ahí como recordatorio de mi error y como auto-advertencia contra la conformidad con lo «sabido» (jejeje), y a cada rato lo menciono donde cabe hacerlo.

De eso se trata esta historia: si queremos mantenernos siendo competitivos (o sea, al nivel de los mejores en nuestro ámbito de acción e impacto), TENEMOS QUE ESTAR ACTUALIZANDO SISTEMÁTICAMENTE NUESTRO PACK COMPETENCIAL, y las prácticas relacionadas con su utilización. Porque no hacerlo, en un mundo como el actual, viene a ser, literalmente, un suicidio profesional. 

Se trata de aceptar, asumir, y obrar en consecuencia (porque es cierto, indiscutible e ineludible), lo que un sólido colega nuestro, el reconocido formador y experto español David Barreda Carrillo, ha definido magistralmente así: «…creerse un profesional consolidado, hoy en día, constituye un acto de temeraria soberbia» (Barreda, 2017). He citado esta espléndida frase varias veces, ¡y faltan muchas! Pues en un mundo en constante cambio, la única forma de mantenerse siendo competente y competitivo como profesional es cambiar a la par del mundo (sea por evolución o por revolución); y mejor aún, para quien pueda y tenga con qué, cambiar antes que el mundo y convertirse en el cambio al que este ha de seguir. Como dijo hace mucho tiempo el ilustre profesor español Luis Puchol (esta debe ser la vez # 500 que le cito, y también sé que me faltan muchas): «Ignorar el cambio conduce a la extinción; adaptarse al cambio permite la supervivencia; prever el cambio consigue el desarrollo, y crear el cambio conlleva el liderazgo permanente e indiscutible«.

Contundente, ¿verdad? ¡Ya lo creo! Por algo la gran Eva nos pregunta desde el mismo título de su segundo y exitoso libro, publicado en 2019: El mundo cambia…¿Y tú?

Personal branding 

Y aún más allá, pero muy conectado con todo lo que está más acá, nos encontramos con otro factor crítico: las exigencias de nuestro propio proceso de personal branding. Pues la marca personal de un profesional, sobre todo en esta época tan VUCA (y cada día más VUCA) requiere un cultivo estratégico, sistémico, procesual, sistemático, consciente y dedicado (lo que llamamos gestión de marca personal), que por supuesto, toma tiempo, y a veces mucho tiempo. 

Conocernos muy bien a nosotros mismos y al entorno, diagnosticar sistemáticamente ambos, identificar brechas, oportunidades, áreas de resultados clave y factores críticos de éxito, formular objetivos de desarrollo, impacto y posicionamiento, trazar e implementar estrategias enfocadas al logro de esos objetivos y evaluar su efectividad, investigar, leer, estudiar, escribir, publicar, grabar y difundir vídeos o audios, gestionar proyectos, conducir programas, participar en eventos on y offline, socializar e interactuar en redes, desarrollar relaciones de calidad, monitorear/medir/evaluar nuestro impacto como marcas y trabajar en su mejora continua, etc., etc., etc…

Todo ello –o parte de ello, pues no todos tenemos que hacerlo estrictamente TODO– nos consume cierta cantidad de horas TODOS LOS DÍAS (no olvidemos que nuestra marca personal nunca duerme, como bien afirma en un excelente artículo de 2016 mi querido amigo, el Maestro Guillem Recolons). Horas que constituyen una inversión necesaria, estratégica, potencialmente muy redituable, y obviamente no negociable. Horas que necesariamente salen como débitos de nuestra cuenta personal de tiempo: 24 cada día, durante toda nuestra vida, y ni un minuto más. 

Y aunque como muy bien afirma el Maestro Xavi Roca, «es muy importante gestionar nuestras marcas personales, pero lo es aún más ser muy buenos en lo que hacemos«, pues resulta que ser muy buenos en lo que hacemos (ojalá verdaderos expertos, ¿verdad?) es la primera condición que nos convierte en esas cada vez mejores marcas personales que debemos cultivar, desarrollar y promover entre los públicos potenciales que necesitan, valoran y podrían consumir lo que hacemos de ese modo tan bueno. Una espléndida espiral virtuosa que conduce a lo que denomino triple G (Gana el cliente, Gana el oferente, y gracias a ambas ganancias Ganan el mercado y la sociedad), y que ojalá todos podamos asumir y gestionar siempre. 

Pero al final, muchas veces nos ocupamos y estresamos en exceso, y hasta nos agobiamos. Tiempo. Agenda. Carga. Cansancio físico, mental y emocional.  Saturación. Burnout. Pandemia. Rollos en casa. Etc., etc., etc…

¿Y entonces?

Suelo decir que la vida es un asunto de equilibrios dinámicos. Y creo que eso aplica mucho en el tema que hoy me ocupa, pues solo gestionando y generando un razonable equilibrio entre las diversas áreas de nuestra vida, podemos propiciar que la integración sistémica entre ellas genere la sinergia vital llamada CALIDAD DE VIDA; que incluye, por supuesto, LA FELICIDAD, en el más amplio sentido de este concepto. O tal vez sea al revés, jejeje; pero ahora no importa. 

Me he referido a esto en mi ya mencionado libro digital Pues sí: ¡SOMOS MARCAS! (en un contexto temático ligeramente diferente), planteando que

«…la noción utilitaria tiene al menos dos sentidos: para los demás, y para nosotros mismos, y AMBOS deben estar presentes DE FORMA EQUILIBRADA en el proceso de personal branding. Porque si solo nos priorizamos a nosotros, caeremos en los tan negativos y justamente criticados individualismo y egoísmo (que como ha sido demostrado en esta serie de trabajos -ver la tercera parte-, NO SON NI FORMAN PARTE DE LA ESENCIA DEL CONCEPTO MARCA PERSONAL, SINO QUE LO DISTORSIONAN). Y si solo priorizamos a los demás, atentamos contra la posibilidad de poder continuar aportándoles valor, dado que nosotros tenemos que vivir, y vivimos de nuestro trabajo y del valor que aportamos gracias y a través de él; y si no logramos vivir digna y decentemente, con una calidad de vida que nos coloque en condiciones de ser felices, de seguir creciendo, de continuar motivados, y de modelar buenas prácticas y sus resultados para la vida, pues sencillamente, fracasaremos como profesionales, también como personas y como seres sociales. Entonces, EL EQUILIBRIO ENTRE NOSOTROS Y LOS DEMÁS ES CLAVE EN NUESTRO ÉXITO COMO MARCAS PERSONALES» (Estrada, 2020).

Próximamente espero publicar un nuevo trabajo en el que desarrollo estas ideas, titulado ¿Crecer , o ayudar a otros a crecer?, y subtitulado Cómo resolver la aparente disyuntiva entre tu marca personal y tu negocio. Solo te adelanto que la respuesta a la provocadora pregunta del título NO ES la que muchos (y tal vez tú tampoco) esperarían. 

¿Coincides conmigo, amigo lector? ¿Conectas el factor tiempo y el manejo de tu agenda profesional, con la gestión de tu salud, de tu familia, de tu profesionalización permanente y de tu marca personal? ¿Puedes extrapolar estas ideas al equilibrio que tú mismo requieres y deberías gestionar como oferente de servicios profesionales?

En la tercera parte (y final) de la serie, veremos las propuestas que tengo para ti sobre todo esto.

A modo de conclusión 

Amigo lector:

Ha sido muy grato compartir contigo estas ideas sobre la forma en que gestionamos nuestro tiempo en función de una agenda, y sobre los diferentes factores que inciden sobre ello y/o se relacionan con ello de cualquier forma. Espero con gratitud anticipada tus gentiles comentarios, opiniones, ejemplos, críticas y sugerencias, ya sea aquí mismo en Soymimarca, o en las redes que compartimos. 

Dentro de algunos días, en la siguiente entrega, estaré tocando los siguientes temas:

  1. A modo de introducción
  2. Algunas condiciones y claves para la gestión de nuestra agenda
  • Algunas condiciones para gestionar el tema
  • Algunas claves para gestionar el tema
  1. A modo de conclusión
  • ¿Hasta dónde llenar nuestra agenda?

Así que te dejo por hoy, con mi acostumbrado y cálido brand/abrazo, desde mi Caribe que amo.

Tu siempre amigo,

Vladimir

Photo by Estée Janssens on Unsplash

Vladimir Estrada
Docente desde 1984 (32 años de carrera). Profesor universitario desde hace 22 años, en las áreas de Administración, Educación, Psicología Organizacional y Comunicación Corporativa, a nivel de grado, postgrado y educación continuada. Consultor gerencial, académico y político. Asesor de Branding Personal. Comunicador. Trabajo como docente para la Universidad ISA (Santiago de los Caballeros), donde imparto desde 2012 la materia Comportamiento Organizacional. Asesoro y evalúo Trabajos de Grado, Monográficos, Tesinas y Proyectos hasta el nivel de Maestría, y corrijo textos diversos en el ámbito organizacional y académico.
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