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¿Ocupas el lugar que por carácter te corresponde?

Todos tenemos un lugar en el mundo y nadie es mejor ni peor por su forma de ser. El secreto está en saber realmente cómo somos y que es lo que realmente nos hace sentir bien y ser felices.

© DISNEY

Tenía un compañero de trabajo que tras una reunión con muchas personas se sentía cansino, que no cansado, falto de energía y de ánimos. En cambio una larga jornada de reflexión preparando una estrategia, analizando una inversión o haciendo largos y pesados cálculos parecía no hacer mella en su cuerpo. Era una persona introvertida.

En cambio un antiguo socio mío excelente comercial no toleraba sin acabar rendido, exhausto y con un humor de perros tener que estar trabajando solo o en un grupo reducido o sentarse  a pensar y preparar algo y en cambio, en una reunión tumultuosa o en una convención en medio de desconocidos se movía como pez en el agua. Era un extrovertido.

Normalmente los introvertidos prefieren trabajar solos o en “petit comité” compartiendo información y no son amantes de las interrupciones y por ello acaban siendo expertos en alguno o varios temas. Pueden ser buenos escuchando a los demás, pensando o desarrollando  conceptos e ideas.

En cambio los extrovertidos les gusta el fregado, trabajar con mucha gente y en grandes grupos, pasar rápidamente a la acción, motivar, negociar, divertir o convencer a los demás.

En algún momento todos hemos de ser introvertidos o extrovertidos motivados por las circunstancias o por el trabajo y por esto es tan importante que conozcamos como realmente somos. Porque con algo de entreno un introvertido puede aprender a compartir y manifestar opiniones e información con los demás para evitar, por ejemplo,  lo que los franceses llaman “Esprit d’escalier” que no es ni más ni menos que acordarse cuando ya estás fuera, en la escalera, de lo que hubiesen podido decir y no dijeron y acabar estresados y con sensación de impotencia. O los extrovertidos pueden aprender a contar hasta diez antes de actuar para no tomar decisiones de manera impulsiva.

A modo de confesión yo soy una mezcla de ambas cosas con un punto dominante de introversión por lo que también tengo mi kit de supervivencia a punto para cuando la ocasión lo requiere.

Y todo esto, ¿tiene algo que ver con nuestra marca personal? Pues claro que si. Afortunadamente para un blogger de personal branding todo o casi todo tiene que ver con la persona y con su marca y ello le permite escribir casi a diario sobre temas muy variados sin apenas repetirse.

Nuestra marca es el reflejo de nuestra manera de ser, de nuestra integridad y dependiendo de nuestras preferencias por la introversión o por la extroversión podremos apuntar hacia los objetivos personales y laborales que nos hagan más felices, conseguir ser los elegidos y ocupar nuestro lugar en el mundo sin sentirnos descolocados.

¿Crees que hay marcas buenas y marcas malas?

Cada persona tiene la marca que se crea y cada cual tiene la marca que se merece. No hay marcas buenas y marcas malas, en todo caso hay marcas y no marcas.

Hoy hemos tenido una conversación de ascensor con Guillem e Ignasi, socios de soymimarca, acerca de algunas afirmaciones que son de uso común en foros populares y profesionales acerca de la bondad o maldad de las marcas.  Coincidíamos en que se da una curiosa traslación de nuestras percepciones y de nuestra escala de valores cuando calificamos las marcas de otras personas de modo que si el individuo en cuestión actúa de acuerdo con nuestros valores o preferencias otorgamos a su marca un marchamo de bondad y por el contrario la tildamos simplemente de mala.

Cuan simples llegamos a ser en nuestras afirmaciones!  Caer en las trampas es sumamente fácil. Las marcas son simplemente marcas y lo de buenas y malas depende de las gafas de cada cual. Lo bueno de una marca es que existe y que proporciona notoriedad a su detentor y transmite un mensaje a la audiencia a la que va dirigida y esto sucede siempre y bajo cualquier supuesto. En caso contrario simplemente no existe y se acabó la discusión porque ojos que no ven corazón que no siente.

Detrás de cada marca se esconde una manera de ver el mundo y una voluntad de ser, estar y hacer, una visión y una misión, que se concreta en maneras genuinas de actuar basadas en criterios y parámetros particulares que acostumbramos a llamar valores. Y esto sucede siempre.

Hay personas cuya marca nos despierta admiración o curiosidad o respeto y otras que nos suscitan indignación o repulsión o simplemente nos hacen enrojecer de vergüenza ajena.

Pocas marcas nos dejan indiferentes y la mayoría de las que en nuestras conversaciones de ascensor las llamamos malas son el producto de un trabajo consciente, duro y por supuesto nada ingenuo para conseguir notoriedad a cualquier precio.  Que perduren en el tiempo o no es harina de otro costal y generalmente la historia se encarga de encumbrar o relegar al olvido a quien corresponde.

A partir de ahora cuando veamos una marca seamos conscientes de que nada sucede por azar y que detrás del personaje más histriónico, raro, malvado o recompuesto cincuenta veces por la cirugía estética hay un trabajo de marca labrado con sudor y codicia. Y que si a pesar de los valores que  transmite logra tener notoriedad es por que como marca ha triunfado. No nos llevemos a engaño.